2.5 Cultura fósil
No siempre somos conscientes de la dependencia que nuestras sociedades han desarrollado respecto de los combustibles fósiles. Sin ir más lejos, la tecnósfera contemporánea, de la que hablábamos en las entradas anteriores, se sostiene en su totalidad gracias al uso del petróleo, el carbón y el gas natural. Y no solo nuestras sociedades y su tecnósfera entendidas en un sentido macroscópico y abstracto, sino cada uno de nosotros, de manera individual y en nuestra vida diaria, somos dependientes de innumerables productos y procesos que se basan en la explotación de combustibles fósiles, ya sea directa o indirectamente: la ropa que vestimos, los alimentos que consumimos, los dispositivos electrónicos que utilizamos o los vehículos que nos transportan. Encender una luz, cargar un teléfono o adquirir un bien en un supermercado parecen actos triviales, pero son el resultado de complejas cadenas extractivas basadas en combustibles fósiles
El mundo moderno se construyó con petróleo y carbón.
Nuestras economías globalizadas, en efecto, se han basado desde el siglo XIX en la presuposición de que siempre dispondremos de combustibles baratos y accesibles que garanticen la continuidad de las cadenas de producción, distribución y consumo. Sin embargo, esa “seguridad energética” es ilusoria: los costos ambientales —desde el cambio climático hasta la contaminación de suelos y océanos— y las tensiones geopolíticas asociadas al control de los recursos fósiles revelan que el sostén de la tecnósfera no es ni neutral ni sostenible. Así, las infraestructuras industriales, el crecimiento urbano, la movilidad global y la revolución digital dependen de energías que, paradójicamente, amenazan la estabilidad del sistema terrestre que las hizo posibles. Es por eso que la crisis del petróleo y del carbón no es únicamente un desafío económico, sino también una amenaza existencial, ya que cuestiona los fundamentos mismos del entramado técnico y cultural sobre el que se ha edificado la modernidad.
Ahora bien, como ha señalado el historiador Dipesh Chakrabarty en su célebre artículo El clima de la historia: cuatro tesis (2009), la dependencia de los combustibles fósiles no solo sostiene a la economía global y a la tecnósfera, sino que también ha configurado nuestros ideales políticos más arraigados. Las nociones de libertad individual, progreso, ciudadanía democrática e igualdad social han estado históricamente ligadas a un horizonte material de abundancia energética que parecía inagotable. El acceso constante a energía barata permitió la expansión de la movilidad, la comunicación masiva y la producción industrial a gran escala, condiciones que favorecieron el surgimiento de proyectos políticos modernos. En otras palabras, la democracia liberal, el Estado de bienestar o incluso la idea de un futuro de prosperidad para todos se desarrollaron sobre una base energética fósil. Esto significa que nuestras aspiraciones políticas no son ajenas a la materialidad del carbón, el petróleo o el gas: sin esos cimientos, difícilmente hubieran adquirido la forma que hoy reconocemos. De ahí que la crisis climática actual, causada en buena medida por el uso de los combustibles fósiles, no solo amenace la continuidad de la tecnósfera y de las economías globalizadas, sino también la vigencia de los marcos políticos que nacieron y se sostuvieron en un mundo moldeado por el exceso energético. Vemos de esta manera que, ya sea que se hable de AntropocenoTérmino proveniente del griego ánthrōpos, que significa “ser humano”, y kainós, que puede traducirse como “nuevo” o “reciente”. Así, Antropoceno significa literalmente “la época reciente del ser humano”. El término…
Ver más o de Capitaloceno, en la actualidad resulta imposible separar de manera tajante la historia natural de la historia humana.
Historia natural e historia humana
¿Podemos realmente trazar una línea clara entre la historia de los fenómenos naturales y la historia de los asuntos humanos? Esta cuestión ha preocupado a filósofos e historiadores, sobre todo en las últimas décadas, como resultado del innegable el impacto de las actividades humanas en la configuración del medioambiente. Y es que ya no hablamos únicamente de transformaciones locales o regionales —como el desmonte de un bosque o la contaminación de un río—, sino de alteraciones con un carácter planetario, capaces de modificar los grandes ciclos del sistema Tierra.
Algunos pensadores, como el historiador inglés Robin Collingwood, sostenían que la naturaleza no tiene historia, sino únicamente sucesos, pues no posee agenciaTraducción del término inglés agency, se refiere a la capacidad o poder de actuar y producir efectos en el mundo. En su origen, el concepto se aplicaba únicamente a los…
Ver más ni pensamiento. Desde esa perspectiva, lo único que interesa a la historia son las conductas sociales de los seres humanos y las condiciones políticas que permiten el despliegue de ideas, instituciones y procesos colectivos. La naturaleza, en cambio, se concebía como un telón de fondo estático sobre el que se desarrollaban los acontecimientos humanos.
Hoy, sin embargo, las fronteras que separan lo natural de lo humano son cada vez más borrosas. El grado de interpenetración causal entre los procesos sociales y medioambientales hace patente que los procesos “naturales” y los procesos “humanos” no solo se condicionan mutuamente, sino que forman parte de una misma trama histórica. A raíz de esta constatación han surgido nuevas perspectivas teóricas que consideran indispensable entender la relación cultura-naturaleza como una correspondencia esencial. Los seres humanos son parte de la naturaleza, así como, especialmente desde hace dos siglos, la naturaleza se ve cada vez más moldeada por agentes humanos y su tecnósfera. Como señala el ya citado Dipesh Chakrabarty, los seres humanos hemos solido considerarnos como agentes biológicos, organismos pluricelulares, mamíferos, etc., y también como agentes sociales, pero el advenimiento del AntropocenoTérmino proveniente del griego ánthrōpos, que significa “ser humano”, y kainós, que puede traducirse como “nuevo” o “reciente”. Así, Antropoceno significa literalmente “la época reciente del ser humano”. El término…
Ver más nos obliga a nos ha revelado que también somos agentes geológico que cuentan con la capacidad de alterar procesos milenarios del planeta mediante los desarrollos tecnológicos e industriales. La quema masiva de combustibles fósiles que provoca, entre otras cosas, el climático global es un ejemplo de cómo las acciones humanas han entrado en la temporalidad profunda del planeta.
En este sentido, las categorías tradicionales que separaban historia natural e historia humana se quedan cortas para explicar la realidad contemporánea. Si la historia, como decía Collingwood, es la historia de los pensamientos y las acciones humanas, hoy debemos reconocer que esas acciones se han vuelto tan poderosas que inscriben sus huellas en la geología, el clima y la biósfera misma. De ahí que Chakrabarty proponga superar el dualismo entre naturaleza y cultura y asumir que lo humano y lo natural conforman una única narrativa histórica. La tarea, entonces, no es elegir entre historia natural o historia humana, sino elaborar una historia común capaz de dar cuenta de su entrelazamiento en la época del AntropocenoTérmino proveniente del griego ánthrōpos, que significa “ser humano”, y kainós, que puede traducirse como “nuevo” o “reciente”. Así, Antropoceno significa literalmente “la época reciente del ser humano”. El término…
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Ahora bien, este panorama, que ya no es únicamente ecológico sino profundamente humano, no surgió de la nada. Tanto la capacidad técnica para incidir en el medioambiente a escala planetaria, como la estructura ideológica y filosófica que legitimó dicha intervención, se han ido gestando a lo largo de varios siglos. Los ideales políticos de la modernidad —entre ellos la libertad, uno de los emblemas favoritos de Occidente— se consolidaron con la Ilustración del siglo XVIII en Europa. La búsqueda de esa libertad se articuló, en buena medida, a través del progreso y la modernización, y ambos se tradujeron materialmente en la industrializaciónLa industrialización es un proceso económico que transforma una sociedad agraria y artesanal en una basada en la producción masiva de bienes manufacturados mediante el uso de maquinaria, tecnología y…
Ver más y en el uso a gran escala de combustibles fósiles como el carbón, el gas y, más tarde, el petróleo. Y es crucial señalar que la universalización de los valores ilustrados fue posible gracias a un modelo económico y político sustentado en el colonialismoEl colonialismo es un sistema de dominación política, militar, económica y cultural por el cual un país ejerce el control sobre un territorio y una población ajenos (colonia), con el…
Ver más y el extractivismo. Las potencias europeas establecieron colonias en África, Asia y América, de las cuales obtuvieron materias primas, recursos energéticos y mano de obra para nutrir su proyecto civilizatorio. Posteriormente, este modelo fue exportado al resto del mundo bajo el signo del capitalismo industrial, exportación que, como ya vimos, da lugar al AntropocenoTérmino proveniente del griego ánthrōpos, que significa “ser humano”, y kainós, que puede traducirse como “nuevo” o “reciente”. Así, Antropoceno significa literalmente “la época reciente del ser humano”. El término…
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Así pues, desde hace al menos dos siglos, Europa, Estados Unidos y, más recientemente, China han configurado gran parte de las condiciones que hoy desembocan en la crisis climática actual. Y lo han hecho, en numerosas ocasiones, mediante prácticas coloniales, imperialistas o neoimperialistas. El biólogo estadounidense Edward O. Wilson advierte en The Future of Life: “La Humanidad, preocupada únicamente por su propia supervivencia a corto plazo, ha jugado hasta ahora el papel del asesino planetario”. La frase interpela: ¿realmente lo que hemos hecho como especie ha sido asegurar nuestra supervivencia inmediata, o más bien hemos interpretado, consciente o inconscientemente, ese papel de “asesinos planetarios” en nombre de la eficiencia, el bienestar, la civilización y otros ideales abstractos que han guiado nuestras acciones?
La estructura del mundo moderno descansa en un intrincada tecnósfera conformada por circuitos de producción, distribución y consumo sostenido por millones de toneladas de carbón, petróleo y gas. El resultado se expresa en fenómenos cada vez más visibles: el cambio climático, el deterioro de la calidad del aire, la desertificación, la pérdida acelerada de biodiversidad y el aumento del nivel del mar, todos ello son consecuencias directas de las actividades humanas que se infiltran en la vida cotidiana de los ciudadanos. Los límites artificiales entre lo humano y lo natural se difuminan, revelando que ambas dimensiones forman parte de un mismo entramado histórico y material.
Algunos científicos, como el propio Wilson, confían en que la humanidad tendrá la suficiente prudencia como para detenerse antes de alcanzar el punto de no retorno, mientras que otros especialistas, como el historiador Dipesh Chakrabarty, son más escépticos. En el artículo mencionado, Chakrabarty advierte que hemos comenzado a intervenir en los parámetros fundamentales que hacen posible la vida humana en la Tierra. Esto supone un giro radical: ya no se trata solo de reflexionar sobre los límites del progreso o de la modernización, sino de reconocer que el propio marco en el que se inscribe la historia humana —el sistema terrestre que nos sostiene— está siendo transformado por nuestras acciones. El AntropocenoTérmino proveniente del griego ánthrōpos, que significa “ser humano”, y kainós, que puede traducirse como “nuevo” o “reciente”. Así, Antropoceno significa literalmente “la época reciente del ser humano”. El término…
Ver más, en este sentido, obliga a repensar tanto nuestras categorías políticas y filosóficas como nuestras prácticas materiales, pues la supervivencia misma de la especie se ha vuelto inseparable del destino del planeta.
Naturaleza y cultura en la sociedad industrial
Para comprender la inserción de la ecología en los estudios de la cultura es necesario establecer algunos antecedentes teóricos. Uno de los más relevantes es el materialismo histórico, corriente de análisis nacida de los trabajos de Karl Marx y cuyo principal objetivo consiste en explicar, en resumidas cuentas, los fenómenos humanos a partir de su relación con las estructuras económicas, sociales y políticas —es decir, con las condiciones materiales— de cada contexto histórico. Desde esta perspectiva, la cultura no puede entenderse como un fenómeno aislado o puramente espiritual, sino como el resultado de las relaciones sociales de producción y de los conflictos que estas generan.
Partiendo de esta base, algunos especialistas advirtieron que no solo las estructuras económicas y sociales son determinantes en la configuración cultural, sino también el entorno material-ambiental en el que esas estructuras se despliegan. Dicho de otro modo: las relaciones de los seres humanos con la naturaleza son, también, relaciones sociales, y por lo tanto deben formar parte de los análisis culturales. Retomemos un ejemplo histórico: durante el periodo colonial europeo en África, la explotación intensiva de recursos como el caucho, el algodón, el marfil, la madera o las semillas tuvo efectos devastadores tanto en los ecosistemas como en las poblaciones locales. El caso del Congo Belga bajo Leopoldo II resulta paradigmático: la búsqueda de materias primas para nutrir el desarrollo industrial europeo produjo no solo despojo ambiental, sino también violencia sistemática contra los habitantes nativos. Por lo demás, esta experiencia colonial fue retratada con crudeza en la célebre novela El corazón de las tinieblas (1899), del escritor inglés de origen polaco Joseph Conrad, en la que se retrata no solo la barbarie ejercida contra los pueblos africanos, sino también la devastación ecológica que acompañó a la empresa imperial. En este caso, la literatura misma se convierte en un testimonio crítico de cómo el extractivismo y la violencia colonial se inscribieron tanto en la cultura como en el medioambiente.
De manera análoga, tanto las estructuras sociales como las condiciones medioambientales deben concebirse como piezas claves para la creación y el desarrollo de la cultura en cualquier pueblo, ciudad o nación. Ya en el siglo XIX, el economista y filósofo inglés William Stanley Jevons señalaba que el desarrollo de la cultura moderna se encontraba indisolublemente ligado a la industrializaciónLa industrialización es un proceso económico que transforma una sociedad agraria y artesanal en una basada en la producción masiva de bienes manufacturados mediante el uso de maquinaria, tecnología y…
Ver más y al modelo económico capitalista. En la actualidad, voces contemporáneas como la del historiador del arte Jaime Vindel han reforzado esta tesis, señalando que “este nudo gordiano entre industria y cultura debería resultarnos más evidente que entonces”.
En efecto, basta pensar en cómo los avances técnicos y las infraestructuras energéticas han condicionado la forma y la circulación de las obras culturales: desde la imprenta y la expansión de la prensa, hasta la industria cultural del siglo XX basada en el petróleo (plásticos, vinilos, cine, televisión), y más recientemente, en la era digital sostenida por centros de datos que consumen cantidades ingentes de electricidad. La cultura, en este sentido, no puede desvincularse de la materialidad que la hace posible, ni de los impactos ambientales asociados a esa materialidad. Integrar la ecología en los estudios culturales implica, por tanto, reconocer que las manifestaciones artísticas, literarias o mediáticas son inseparables de la tecnósfera y de los regímenes energéticos en los que se producen y circulan.
Estética de un mundo fósil
Tras la consolidación del capitalismo industrial en el siglo XIX, las relaciones basadas en una lógica mercantil empezaron a aplicarse no sólo a los ámbitos económicos, sino que permearon múltiples dimensiones de la vida humana. Uno de los terrenos en los que esta transformación resultó más visible es en el arte, pues la mercantilización modificó de manera radical nuestra forma de aproximarnos a las obras. Se configuró así lo que Jacques Rancière denomina un régimen estético, en el cual el arte se contempla principalmente en espacios como el museo. Dicho espacio, si bien permite la conservación y difusión de las obras, las agrupa bajo nuevos criterios y las descontextualiza al separarlas de sus marcos originales, reubicándolas en un territorio sensible que, al mismo tiempo, instituye jerarquías y consolida la hegemonía europea como supuesto centro universal de la cultura.
En esta misma línea, el ya mencionado Jaime Vindel señala que es necesario que el posicionamiento de esta dinámica museística como modo “canónico” de experimentar el arte y la cultura debe pensarse también en su dimensión energética. Y es que la producción de las distintas expresiones culturales de prácticamente cualquier sociedad desde los últimos doscientos años se ha visto profundamente marcada por los productos de los combustibles fósiles, por el simple hecho de que toda la estructura social se ha construido alrededor de las facilidades proporcionadas por la explotación de gas, carbón y petróleo.
Ahora bien, el impacto fósil en la cultura no se limita sólo a condicionar las estructuras que permiten su producción, distribución, exhibición y apreciación. Además, propicia la creación de imaginarios colectivos que moldean la forma en que vemos y vivimos el mundo y, por lo tanto, también el arte y la cultura. En ese sentido, Vindel subraya que el uso de los combustibles fósiles dio lugar a una inédita relación socio-ambiental con tres facetas interconectadas: una metabólica (centrada en la extracción, refinación y consumo de energías fósiles); una política (los ideales democráticos y los derechos cuya existencia se debe en buena medida a la abundancia energética); y una estética-cultural, que consistió en la socialización de imaginarios que, a lo largo de los últimos dos siglos, naturalizaron una percepción energética del universo y de las relaciones humanas. Para Vindel, la llamada “cultura fósil” debe entenderse como una auténtica “(infra)estructura libidinal de la vida social, que permite y condiciona […] la aparición de imaginarios del bienestar fuertemente dependientes de los recursos de la necrósfera [es decir, del subsuelo]”. De ahí que los imaginarios culturales de la modernidad fósil no sean un simple reflejo estético de la economía industrial, sino un elemento activo y constitutivo en la elaboración de lo que Vindel denomina “cosmovisiones industriales”.
Veamos, para ilustrar lo anterior, dos ejemplos paradigmáticos del siglo XX: la cultura del consumismo promovida en Estados Unidos a partir de los años cincuenta y la exaltación de la técnica a lo largo de la existencia de la Unión Soviética. La elección de ambos ejemplos, desde luego, no es gratuita, pues demuestra que tanto el carbón como el petróleo han servido de base material para proyectos políticos de signo diverso que, pese a sus diferencias, coindicen en una exaltación del productivismo, al tiempo que dan a imaginarios colectivos distintos del desarrollo industrial.

Fuente: American way of life. (22 de marzo de 2025). De Wikipedia. https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=American_way_of_life&oldid=166309505
En Estados Unidos, la cultura fósil se consolidó especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el petróleo se convirtió en la base del “American way of life”. La dimensión metabólica incluyó la extracción masiva de petróleo y su refinación para alimentar automóviles, calefacciones, plantas eléctricas y la industria de los plásticos, transformando radicalmente la vida cotidiana. Políticamente, la abundancia energética permitió proyectar ideales de libertad individual y movilidad ilimitada, consolidando un modelo liberal-democrático basado en el consumo masivo. Estéticamente, estos desarrollos se expresaron en un imaginario visual profundamente simbólico: los suburbios perfectamente ordenados con calles amplias y casas uniformes; garajes repletos de automóviles; autopistas interminables como la I-405 en Los Ángeles; carteles publicitarios que exaltaban el confort, la prosperidad y el consumo de gasolina; y películas o series televisivas que presentaban el automóvil y la casa como emblemas de estatus y felicidad.

A esta cultura fósil de consumo masivo se contrapuso también un imaginario de libertad más rebelde, representado por los beatniks y la literatura de Jack Kerouac, especialmente en su novela En el camino (1957) En estas obras y movimientos, el automóvil y la carretera se convierten en símbolos de exploración personal y de autonomía frente a las normas sociales, pero siempre dentro de una matriz energética dependiente del petróleo: los viajes transcontinentales, los motores rugiendo en las autopistas y la movilidad ilimitada eran posibles gracias a la infraestructura fósil que sostenía la sociedad estadounidense. Como señala Vindel, la cultura fósil incluye una dimensión libidinal: estos imaginarios culturales no solo reflejan la infraestructura material, sino que participan activamente en el proceso de hacer deseables y naturales determinadas cosmovisiones industriales asociadas con el bienestar personal y social. De este modo, tanto el confort suburbano como la rebeldía beatnik ilustran cómo la dependencia de los combustibles fósiles moldeó de manera profunda las aspiraciones, la estética y los valores culturales del “American way of life”.

Por su parte, la Unión Soviética ofrece un ejemplo paradigmático de cultura fósil en un contexto socialista, en el que el uso masivo de carbón, petróleo y gas no solo sustentó la industrializaciónLa industrialización es un proceso económico que transforma una sociedad agraria y artesanal en una basada en la producción masiva de bienes manufacturados mediante el uso de maquinaria, tecnología y…
Ver más acelerada, sino que también se tradujo en un imaginario cultural específico. En este caso, la dimensión metabólica del régimen fósil consistió en la extracción y refinación de energías fósiles para alimentar fábricas, represas, ferrocarriles y maquinaria pesada que constituían la columna vertebral del proyecto industrial soviético. Políticamente, la abundancia energética permitió proyectar la idea de un socialismo triunfante, capaz de garantizar derechos y bienestar material a la población, consolidando así un relato de progreso y justicia social. Estéticamente, esta dependencia de la energía fósil se reflejó en la glorificación de la técnica y la maquinaria: el realismo socialista exaltaba fábricas, represas, locomotoras y centrales eléctricas como símbolos de poder y transformación social, convirtiendo la infraestructura industrial en iconos de la modernidad socialista. Así, en la Unión Soviética, los combustibles fósiles no solo impulsaron la economía, sino que moldearon la percepción estética y simbólica del mundo al demostrar la manera en que la técnica y la energía se integran en un mismo entramado cultural.

Fuente: Soviet Russian artist Alexandr Vasilievich Kuprin 1880-1960. (s/f). En Soviet Art. URRS culture. https://soviet-art.ru/soviet-russian-artist-alexandr-vasilievich-kuprin-1880-1960
Bibliografía
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Rancière, Jacques. (2009). El reparto de lo sensible. Estética y política. Santiago de Chile: LOM.
Rancière. Jacques. (2013). Aisthesis. Escenas del régimen estético de las artes. Buenos Aires: Manantial.
Vindel, J. (2023). Cultura fósil: Arte, cultura y política entre la Revolución industrialProceso histórico iniciado en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII y expandido al resto de Europa y el mundo, caracterizado por la mecanización del trabajo, el uso masivo de…
Ver másLa Revolución IndustrialProceso histórico iniciado en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII y expandido al resto de Europa y el mundo, caracterizado por la mecanización del trabajo, el uso masivo de…
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Ver más y el calentamiento global. Madrid: Akal.
Wilson, E. (1996). In Search of Nature. Washington: Island Press.