1.3 Justicia ambiental
UN PRIMER ACERCAMIENTO A LA JUSTICIA AMBIENTAL
El tema y la preocupación por la justicia ambiental se desprende de la segunda oleada de la ecocrítica, ya que sus defensores consideran que la naturaleza no debe entenderse sólo como el mundo natural no manipulado por las actividades humanas, sino que también debe englobar a los lugares degradados por estas, como por ejemplos los entornos urbanos. Al contrario del lema inicial: “preferiría estar de senderismo”, la segunda oleada contesta: “preferiría no estar de senderismo”.
Para los propulsores de la justicia ambiental, el medioambiente cuenta también con una voz, ciertamente diferente a la nuestra, y, como las sociedades humanas, necesita una distribución igualitaria de los recursos. Esto significa que el reconocimiento de dicha voz proviene del estatus que nosotros le adjudicamos. Pero si la voz de los seres humanos que padecen la desigualdad suele ser ignorada, ¿cuánto más silenciada no será la voz de la naturaleza, que no dispone de nuestro lenguaje? Existe, además, otra dificultad: muchos de los movimientos ecologistas han sido locales, pero no han logrado fructificar a nivel global, pues las personas no suelen movilizarse por problemáticas que no las afectan de manera directa.

CORRIENTES DEL ACTIVISMO MEDIOAMBIENTAL EN ESTADOS UNIDOS
La justicia ambiental funda sus luchas en la interseccionalidadInterseccionalidadConcepto desarrollado por los llamados estudios subalternos para analizar cómo distintas formas de opresión (como el racismo, el sexismo o la discriminación de clase) interactúan y se refuerzan mutuamente. En…
Ver más,es decir, en una perspectiva que toma en cuenta la manera en que distintas formas de opresión (como el racismo, el sexismo o la discriminación de clase) interactúan y se refuerzan mutuamente. En el marco de la justicia ambiental, la interseccionalidadInterseccionalidadConcepto desarrollado por los llamados estudios subalternos para analizar cómo distintas formas de opresión (como el racismo, el sexismo o la discriminación de clase) interactúan y se refuerzan mutuamente. En…
Ver más amplía su alcance al considerar también la relación entre desigualdades sociales y degradación ambiental. Este enfoque reconoce que los impactos de la crisis ecológica —contaminación, pérdida de biodiversidad, cambio climático— afectan de manera desproporcionada a comunidades vulnerables por motivos étnicos, de género, clase o ubicación geográfica, y que dichas comunidades están ligadas a ecosistemas que también sufren exclusión y explotación. Así, propone una mirada conjunta sobre la defensa de los derechos humanos y los derechos de la naturaleza, entendiendo que la justicia para unos no puede lograrse sin la justicia para la otra.
En ese sentido, y como se mencionó antes, la segunda oleada de la ecocrítica promueve la inclusión de cuestiones sociales referentes a grupos marginales. Gracias a lo anterior, se consolidó en Estados Unidos el grupo “Diversity Caucus” y, en 2002, se publicó The Environmental Justice Reader. Posterior a esta obra, se publicaron otros volúmenes que apoyaron la causa. La justicia social está relacionada con los movimientos sociales y con el activismo que la promueve. Estos grupos se forman en torno a un tema y aceptan la diversidad para ejercer mayor influencia.
Dorceta Taylor, una socióloga ambiental norteamericana, identifica cuatro corrientes del activismo medioambiental en Estados Unidos. Sus orígenes se remontan al siglo XIX. La corriente más conocida, influida por Rousseau y el romanticismo, es la que se enfoca en la preservación y la conservación de la naturaleza. Esta corriente jugó un papel importante en el desarrollo del nacionalismo, así como en la creación y la preservación de reservas naturales. No obstante, esta primera corriente fue dominada por la clase media y el hombre blanco, de manera que las mujeres y las comunidades autóctonas se vieron en gran medida relegadas de ella.
La segunda tendencia surgió a finales del siglo XIX y se enfocó en el medioambiente urbano y a embellecer las ciudades. Aunque fue dominada por hombres blancos, durante esta época progresista algunas mujeres figuraron como activistas. La tercera corriente, por su parte, comenzó a centrarse ya en la clase obrera y en temas laborales, y en ella hombres y mujeres participaron indistintamente; esta fase marcó la base de la justicia medioambiental. El problema que se ha concientizado a partir de aquí es que los propietarios y los gobernantes, es decir, las clases dominantes, no se ven afectados por incidentes medioambientales, como lo podemos ver en películas como Silkwood (1983) y Erin Brockovich (2000).
La cuarta tendencia, conocida como “agenda de justicia medioambiental”, es la más importante para este movimiento militante, entre otras cosas porque fue liderada por personas de color. Se puede apreciar que las dos últimas corrientes se centran en la distribución desigual de riesgos, como se puede ver en los centros urbanos degradados: los alcantarillados y vertederos cerca de donde habitan las clases bajas. Un hito importante de este movimiento fue el libro Primavera Silenciosa (1962), de Rachel Carson, en el que se denunciaban los efectos nocivos para la salud de un pesticida conocido como DDT, así como el hecho de que las clases altas y medias pueden migrar a suburbios y comunidades nuevas para no verse afectadas por la actividad de industrias contaminantes.
Este último movimiento adquirió más fuerza en 1991, en la reunión First National People of Color Environmental Leadership Summit. Como resultado, se escribió un manifiesto con 17 principios para asegurar libertad y comunidades saludables ambientalmente, así como la interdependencia de las especies. Conforme a una enfoque interseccional, se discutieron la imbricación de las relaciones de poder con temas de género, raza, clase social y acceso a los recursos naturales.
BREVE HISTORIA DE LA JUSTICIA AMBIENTAL EN LATINOAMÉRICA
La justicia ambiental en América Latina tiene raíces profundas que se entrelazan con las luchas sociales, indígenas y campesinas por el territorio y la preservación de los recursos naturales. Aunque el término “justicia ambiental” comenzó a popularizarse en la región a partir de la década de 1990, las prácticas y resistencias que lo sustentan son mucho más antiguas. Desde la colonia, la explotación intensiva de minerales, bosques y suelos generó desigualdades y degradación ambiental que afectaron desproporcionadamente a comunidades originarias y rurales. La imposición de modelos extractivos —minería, monocultivos, deforestación, represas— consolidó una relación asimétrica en la que los beneficios se concentraban en élites locales o en potencias extranjeras, mientras los costos recaían sobre poblaciones marginadas.
Ya en el siglo XX, las dictaduras y gobiernos desarrollistas impulsaron megaproyectos industriales y de infraestructura que transformaron radicalmente ecosistemas y modos de vida. Frente a estos procesos, surgieron movimientos sociales que comenzaron a articular la defensa del ambiente con demandas de equidad social. Las luchas contra la construcción de represas en Brasil y Argentina, la defensa de territorios indígenas amazónicos en Perú y Ecuador, o las movilizaciones campesinas contra la expansión de la frontera sojera en Paraguay y Bolivia son ejemplos de cómo la protesta ambiental adquirió un componente explícitamente político y de derechos humanos.
En México, la historia de la justicia ambiental está marcada por la defensa del territorio frente a proyectos extractivos y de infraestructura a gran escala. Desde los años ochenta, comunidades indígenas y campesinas han encabezado resistencias contra la minería a cielo abierto en estados como Guerrero, Oaxaca y Sonora, así como contra presas como La Parota en Guerrero. El deterioro de cuerpos de agua —como el Lago de Texcoco, el río Santiago o el río Atoyac— ha motivado demandas ciudadanas por el derecho a un ambiente sano, algunas de las cuales han llegado a la Suprema Corte de Justicia. En décadas recientes, movimientos contra el fracking, la deforestación y la urbanizaciónLa urbanización es el proceso por el cual la población se desplaza desde las zonas rurales hacia las ciudades, lo que resulta en un crecimiento constante de la proporción de…
Ver más acelerada han reforzado la articulación de redes nacionales por la justicia ambiental, vinculando la defensa ecológica con derechos humanos y autonomía comunitaria.
A partir de los años noventa, influidos por el auge global del ambientalismo, los movimientos latinoamericanos y mexicanos adoptaron el término “justicia ambiental” para describir la distribución desigual de los impactos ambientales. Se consolidaron redes como el Movimiento de Afectados por Represas (MAR) o la Red Latinoamericana contra Represas y por los Ríos (REDLAR), y se articularon campañas nacionales como la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales. La perspectiva de justicia ambiental en la región se caracteriza por integrar dimensiones de etnicidad, género y clase, reconociendo que la degradación ambiental es inseparable de las estructuras históricas de opresión.
Hoy, la justicia ambiental en América Latina y México se expresa tanto en litigios climáticos y leyes de protección de la biodiversidad como en acciones comunitarias de autogestión del territorio. Su historia es, en esencia, la historia de una resistencia continua frente a un modelo económico que subordina la naturaleza a la ganancia, y de una búsqueda por formas más justas y sostenibles de habitar el continente.
En México, la historia de la justicia ambiental está marcada por la defensa del territorio frente a proyectos extractivos y de infraestructura a gran escala. Desde los años ochenta, comunidades indígenas y campesinas han encabezado resistencias contra la minería a cielo abierto en estados como Guerrero, Oaxaca y Sonora, así como contra presas como La Parota en Guerrero.
ECOJUSTICIA: PARA SERES HUMANOS Y NO-HUMANOS
De lo anterior se desprende que, para los propulsores de la justicia ambiental, el mejor término para captar aquello que defienden es el de ecojusticia, esto es, una justicia dirigida para seres humanos y no-humanos por igual. Sin embargo, diversos críticos han concluido que, en nuestras sociedades, no suele darse suficiente énfasis a esta concepción de la justicia. En esta misma línea, algunos pensadores distinguen la justicia ambiental perteneciente a los seres humanos, basada en una perspectiva antropocéntrica, y la justicia ecológica, basada en una perspectiva biocéntrica (biocentrismoTérmino manejado por la ecología profunda en el que la vida y la naturaleza configuran el papel principal y más importante. Propone que todos los seres vivos, humanos y no,…
Ver más). Algunos de ellos, no obstante, sugieren combinar ambas perspectivas, utilizando conceptos como distribución, reconocimiento, capacidad y justicia procesal.
En el contexto de la justicia medioambiental, la distribución se refiere a cómo se reparten los beneficios y cargas derivados del uso de los recursos naturales y de los impactos ambientales. Desde una perspectiva biocéntrica, implica garantizar que los ecosistemas y especies no humanas reciban una porción justa de los recursos —como agua, espacio vital o acceso a hábitats seguros— y que no soporten de manera desproporcionada las cargas de la contaminación, el cambio climático o la degradación ambiental.
Por su parte, el reconocimiento consiste en aceptar y valorar el medioambiente como sujeto con valor intrínseco, y no solo como un recurso para uso humano. Esto implica reconocer los derechos y necesidades de otras especies y ecosistemas, así como respetar sus formas de existencia y dinámicas propias. En la práctica, significa incluir la voz de comunidades humanas que defienden a la naturaleza, y también otorgar un lugar legítimo a la perspectiva de la naturaleza misma en procesos de toma de decisiones.
Aplicada al medioambiente, la noción de capacidad, adaptada del enfoque que define las capacidades humanas, se refiere a las condiciones que permiten a los ecosistemas y a las especies desarrollar de manera plena sus funciones y potencialidades. Por ejemplo, un río debe conservar su capacidad de fluir, autodepurarse y sostener la vida acuática; una especie debe tener la capacidad de reproducirse y mantener su población; un bosque debe poder regenerarse y seguir cumpliendo su papel en el ciclo del carbono.
Finalmente, la justicia procesal aplicada a la naturaleza implica garantizar que los procesos de toma de decisiones que afectan a ecosistemas y especies sean transparentes, inclusivos y participativos. Esto supone que las comunidades humanas que representan y defienden a la naturaleza tengan acceso real a la información, puedan participar en igualdad de condiciones en los debates, y que existan mecanismos legales que consideren el interés de la naturaleza como parte de las decisiones públicas o privadas.
Como queda claro a partir de esta concepción de la ecojusticia, el concepto moderno de individuo ha perjudicado a la justicia ecológica, pues dicho concepto no suele reconocer como individuos a los seres no-humanos. Es por ello que debemos ser conscientes de que el reconocimiento proviene del otro y de que la naturaleza no lo ha tenido, de manera que es importante alzar nuestra voz y reconocer la identidad de seres no humanos.
Este enfoque reconoce que los impactos de la crisis ecológica —contaminación, pérdida de biodiversidad, cambio climático— afectan de manera desproporcionada a comunidades vulnerables por motivos étnicos, de género, clase o ubicación geográfica, y que dichas comunidades están ligadas a ecosistemas que también sufren exclusión y explotación.
LA JUSTICIA AMBIENTAL EN LA LITERATURA
A pesar de que la justicia ambiental se inclina hacia un movimiento político, se trata también de un movimiento cultural que se interesa por las representaciones y la ideología que permea en la sociedad. Como postura poética, es capaz de explorar formas y expresiones artísticas capaces de darle voz a los grupos sociales oprimidos, que son víctimas de los efectos de la crisis ambiental.
Asimismo, las imágenes que son representadas buscan transformar los paisajes tóxicos, de la misma manera que los visibilizan. Dichas representaciones literarias transmiten, de forma imaginativa, los problemas ambientales que los grupos sociales discriminados sufren a diario.
La inserción de la justicia medioambiental en de la literatura responde a cuestiones temáticas. Un ejemplo de lo anterior es la obra guatemalteca Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983), de la escritora Elizabeth Burgos, en la que se denuncia la matanza de indígenas así como la enajenación de tierras, a la vez que da a conocer la sensibilidad ecológica de estos grupos frente a la visión judeocristiana de sus opresores.
Para Paredes y McLean, escritores de la revista Ixquic, la literatura ecologista tiene sus bases en el indigenismoCorriente que surgió en Latinoamérica para rescatar el papel de los indígenas dentro de la nación, promoviendo sus derechos. El papel del movimiento en la literatura se da para abodar…
Ver más y en la izquierda. Sin embargo, esta izquierda no está relacionada con el socialismo tradicional, el cual solo considera a los seres no-humanos como meros recursos. La izquierda de la que hablamos tiene afinidad más bien con el feminismo, el postcolonialismo y el indigenismoCorriente que surgió en Latinoamérica para rescatar el papel de los indígenas dentro de la nación, promoviendo sus derechos. El papel del movimiento en la literatura se da para abodar…
Ver más. El discurso literario ecologista logra transgredir el antropocentrismo y busca denuncia abiertamente los males del sistema patriarcal y del sistema de desarrollo industrial, como el racismo, el machismo, la arrogancia cultural y los metadiscursos universalistas impuestos por el positivismoPostura filosófica surgida en el siglo XIX que considera que la realidad y el objeto en sí, todo lo existente, son los únicos objetos de estudio que pueden dar lugar…
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Poema
Agua del Dios II
Patria nuestra muerta de rocío
y yerbas pisoteadas por asesinos y ladrones
y después más ladrones y más
y más y nunca terminan asesinos
y carceleros, oh dios,
oh amada, desventurada
patria-cárcel
Estos autores catalogan las obras latinoamericanas dedicadas a la justicia ambiental según cinco características: la denuncia constante de los abusos del poder; la cultura autóctona como opción viable para ofrecer una alternativa al mundo industrial; el redescubrimiento y apropiación de los mitos populares y autóctonos; la inclusión de datos y hechos verificables; y, por último, la reescritura de la historia. La ecocrítica ha privilegiado el estudio literario de obras en la que las representaciones de grupos oprimidos están presentes, así como la cosmovisión y el sustrato indígena, que ofrece otra manera de comunicarse y tratar con la naturaleza.

Como ya se mencionó, la opresión de la naturaleza ha ido de la mano de la opresión de diversos grupos sociales. La literatura explora, desde la interseccionalidadInterseccionalidadConcepto desarrollado por los llamados estudios subalternos para analizar cómo distintas formas de opresión (como el racismo, el sexismo o la discriminación de clase) interactúan y se refuerzan mutuamente. En…
Ver más, la relación que existe entre la opresión y la violencia ejercida contra naturaleza y contra las comunidades oprimidas. Un ejemplo de esto es Mundo del fin del mundo (1994), de Luis Sepúlveda, novela que denuncia al mismo tiempo la represión de la mujer y la corrupción del gobierno militar chileno al aprovecharse de la caza de ballenas. También alza la voz en contra de la destrucción de bosques y el genocidio de los indígenas de la Antártida.
Además, es fundamental decir que diversas personas han sido forzadas a abandonar sus valores por los de Occidente. La literatura es una forma de resistencia y de memoria para las culturas, restituye lo que se había perdido. En los territorios, los pueblos nativos han designado nombres e historias sagradas a lo que los rodea; dichas historias muchas veces las conocemos gracias a la literatura. Un ejemplo ambivalente de ello se encuentra en la novela El hablador (1987), Mario Vargas Llosa. En ella, el autor narra la historia de un antropólogo que, entre Lima y la Amazonía, se obsesiona con un amigo desaparecido que, aparentemente, se ha convertido en hablador —narrador oral— de una comunidad machiguenga. La novela explora la tensión entre el mundo indígena amazónico y la modernidad occidental, mostrando la riqueza cultural de los pueblos originarios, pero también presentando su aislamiento como una posible traba para el “progreso”. Esta mirada genera una posición ambigua respecto a la justicia medioambiental: por un lado, reconoce la relación equilibrada y respetuosa que los machiguengas mantienen con su entorno, su conocimiento profundo de la selva y su capacidad de vivir sin destruirla; por otro, el narrador y ciertas voces del texto sugieren que la integración de estas comunidades a la sociedad nacional —con sus proyectos de desarrollo y explotación de recursos— es inevitable e incluso deseable. En consecuencia, la novela oscila entre una valoración de la selva como espacio cultural y ecológico que merece protección, y una aceptación resignada de los procesos que amenazan su integridad. Así, El hablador refleja un dilema persistente en América Latina: cómo conciliar la preservación de ecosistemas y culturas con modelos de progreso que, históricamente, han implicado despojo y degradación ambiental.
Podemos concluir que las personas han sido parte de la naturaleza explotable y han sido tratadas como instrumentos. Por estas razones, la recuperación de la naturaleza por parte de la ecocrítica se relaciona con los estudios postcoloniales: el cuestionamiento del antropocentrismo y androcentrismo conllevan el cuestionamiento del racismo, del imperialismo, de la colonización y la subyugación.
La ecocrítica y sus estudios sobre literatura son llevados a estos campos, en donde estudiar las interrelaciones se vuelven fundamentales para crear un cambio. La literatura es un aparato teórico de análisis para estas problemáticas; las praxis estéticas producen una postura crítica que excede el aparato crítico visibilizado y conocido por todos. De esta manera, la literatura es un medio en el que se manifiestan los problemas que son silenciados. A través de estos textos, la voz y el deseo de cambio se hacen presentes. Estos movimientos permanecen abiertos al debate, de la misma forma en que los argumentos están en constante comunicación, se responden e interactúan. La literatura demuestra el compromiso ideológico, que va de la mano con la preocupación estética de un arte contemporáneo.
La literatura es una forma de resistencia y de memoria para las culturas, restituye lo que se había perdido. En los territorios, los pueblos nativos han designado nombres e historias sagradas a lo que los rodea; dichas historias muchas veces las conocemos gracias a la literatura.
Cuento
Bajo el agua negra
Trató de no pensar en cómo movía la chica los dedos manchados por la pipa tóxica, los cruzaba como si no tuvieran articulaciones, como si fueran extraordinariamente blandos. ¿Sería ella una de las chicas deformes, defectuosas de nacimiento por culpa del agua contaminada? Era demasiado grande de edad. ¿La deformidad venía ocurriendo desde cuándo, entonces? Todo era posible.
Cuento adaptado a radionovela
https://descargacultura.unam.mx/bajo-el-agua-negra-7101285
Referencias
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Heffes, Gisela. (2014). “Introducción. Para una ecocrítica latinoamericana: entre la postulación de un ecocentrismoPostura filosófica y política contraria al antropocentrismo que considera que la naturaleza es el centro de todo y, por tanto, su valor va más allá de su utilidad y de…
Ver más crítico y la crítica a un antropocenoTérmino proveniente del griego ánthrōpos, que significa “ser humano”, y kainós, que puede traducirse como “nuevo” o “reciente”. Así, Antropoceno significa literalmente “la época reciente del ser humano”. El término…
Ver más hegemónico” en Revista de crítica literaria latinoamericana, 79, 11-34.
Guha, Ramachandra y Martínez Alier, Joan. (1997). Varieties of environmentalism, Londres: Earthscan.
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Paredes, Jorge y McLean, Benjamin. (2000). “Hacia una tipología de la literatura ecológica en español” en Ixquic, 2, 1-37.
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